«Nosotros, cineastas europeos, creamos en un lugar concreto. Nuestras películas reflejan nuestras culturas europeas en toda su diversidad y especificidad. Nuestras imágenes, nuestras lenguas y nuestras narrativas son nuestra riqueza. Nuestra historia, pasada y presente, es el terreno fértil de nuestras obras. Hoy, ¡hacemos un llamado por una “Europa de la Cultura”!
Porque esta cultura está en peligro. El cine y el sector audiovisual están en peligro.
El cine es un arte. Y éste, conlleva una responsabilidad: ofrecer a la vez un punto de vista, un pensamiento y un espectáculo. El cine en Europa, desde su invención por los Hermanos Lumière, ha asumido una misión cultural, parte integral de nuestro rico patrimonio. Para sostener a este actor cultural, hemos construido una industria. Hoy es fuerte y dinámica. En este sentido consideramos el cine tanto un arte como una industria.
El cine europeo se ha desarrollado y florecido a lo largo de las décadas. Frente a la hegemonía económica de Hollywood, los cineastas europeos han ofrecido, con muchos menos recursos, una increíble diversidad de miradas y una vibrante libertad de expresión.
Hoy, en el contexto de una guerra económica con Estados Unidos – tras haber deseado Donald Trump personalmente el debilitamiento de la legislación europea para fortalecer a las plataformas digitales estadounidenses – la Comisión Europea tiende a descuidar la dimensión cultural del cine, arriesgándose así a reducir la política para este sector a una mera regulación de mercado, ignorando su especificidad cultural y artística.
Sin embargo, considerar las obras cinematográficas y audiovisuales como simples mercancías, sometidas únicamente a las reglas del mercado, favorecería mecánicamente las producciones estadounidenses. Esto sería desastroso: para nuestra profesión, para la diversidad de películas ofrecidas al público en Europa y en el mundo, y para la pluralidad de narrativas y miradas necesarias para la vida democrática y el florecimiento de los individuos.
Exigimos que la legislación y los mecanismos de apoyo de la Unión Europea continúen reconociendo y enmarcando al cine y al sector audiovisual como sectores culturales – también en su dimensión comercial – mediante el mantenimiento del principio de la Excepción Cultural. En Europa, cada película es un prototipo, una propuesta única que no necesariamente responde a una demanda de mercado. Esto nunca ha impedido grandes éxitos comerciales.
Así concebimos el Séptimo Arte. Como un arte: un riesgo, una proposición renovada cada vez. Y como una industria: que sostiene a miles de europeos. Estos principios nos han hecho altamente competitivos: el cine europeo es el tercero más grande del mundo y el líder en coproducir las obras de cineastas de otros continentes.
¡La guerra económica lanzada por Estados Unidos es también una guerra cultural! Nosotros, cineastas europeos, nos declaramos movilizados, dispuestos a defender sin titubeos la especificidad cultural del cine y del sector audiovisual.
En el contexto actual, entendemos que la Unión Europea pueda desear reforzar su acción en la lucha contra la desinformación o en la promoción del pluralismo mediático. Pero nos oponemos a que esta dinámica se utilice como palanca para extender su competencia reguladora sobre el cine y el sector audiovisual como sectores culturales. Ya gobernados por instrumentos europeos, estas áreas no deben convertirse en moneda de cambio en las negociaciones comerciales. Son parte íntegra de la excepción cultural europea, cuya preservación es nuestra responsabilidad colectiva.
¡La cultura europea no es negociable!
El papel de la Unión Europea es defender nuestros valores, nuestras identidades, nuestra riqueza, nuestras lenguas, nuestra libertad de pensamiento, nuestras expresiones a través del arte. Y así respetar la hermosa diversidad de nuestros 450 millones de ciudadanos.
Nosotros, cineastas de todos los países de Europa, llamamos a una Europa de la Cultura renovada.»